300 dólares por onza

Gráfico de Investing.com

En lo que llevamos de mes, el precio de la onza de oro ha caído más de un 6%. En los últimos años, el precio ha pasado de los trescientos dólares a los mil cien, llegando a acercarse mucho a los dos mil por el camino. La fuerte caída registrada en estas últimas fechas ha coincidido con una corrección en el resto de materias primas. Sin embargo, las variables que determinan el precio del metal precioso no son las mismas. El oro no es una materia prima al uso cuyo precio se determina en función de la mayor o menor demanda según del momento del ciclo en el que se encuentre la economía mundial. El único uso del metal amarillo es la joyería. Y lo que realmente hay que entender es que el oro ni es reserva de valor ni activo financiero. No paga dividendos ni distribuye cupones. El oro vale, o debería valer, lo que cuesta extraerlo de la tierra.

Antes de la grave crisis financiera del año 2008, los precios se mantuvieron estables en el entorno de los trescientos dólares durante un periodo largo de tiempo y sólo en los momentos más agudos de la crisis del sistema financiero mundial subió muchísimo. ¿Recuerdan las imágenes de personas haciendo cola para comprar oro cuando se barajaba la posibilidad de que el mundo descarrillara tras la quiebra de Lehman Brothers? El miedo y la falsa sensación de reserva de valor han llevado a que el oro se comporte como un activo refugio en momentos extremos. Del mismo modo, cuando la incertidumbre amaina, el precio cae.

Ya conseguimos superar las limitaciones del patrón oro y probablemente también las reminiscencias que lo asocian con un depósito de valor. Si el sentido común permanece al mando, no debería tardar mucho en volver a los 300 dólares la onza.

Iglesias, lo que las palabras esconden

Hace unos días, Pablo Iglesias estuvo en el programa de Carlos Alsina. La entrevista no dejó lugar a dudas: a pesar del tono edulcorado y por momentos condescendiente, el planteamiento económico que subyace tras la sonrisa impostada es del todo rupturista y, en pocas palabras, provoca pavor. Alsina, con su finura habitual, fue capaz de evitar ese caparazón táctico que se resume en la transversalidad, signifique lo que signifique esta palabreja. Aunque no le delataron sus respuestas sobre los problemas de la economía española, por otra parte del todo previsibles, el líder político fue lo suficientemente listo para no negar la evidencia de la recuperación económica. Sin embargo, su demagogia actúa como un auténtico tam-tam de los clichés. De entrada, un poco de populismo: “la recuperación no llega a la calle”, la precariedad del empleo que se está creando, la polarización de la sociedad o la sostenibilidad de la deuda pública fueron los argumentos para intentar desmontar el discurso de la recuperación económica del Gobierno, por otro lado, el único que tiene. Nada muy distinto e igual de contradictorio que las consignas de la izquierda más convencional, los mismos razonamientos blandos; pero expuestos, eso sí, con mayor aplomo.

Fueron las respuestas cruzadas sobre la crisis griega y el gobierno de Rodríguez Zapatero las que sacaron a la luz su verdadero yo. La idea central se resume en desequilibrar la batuta europea para así poder hacer frente a la dictadura de los mercados. Alexis Tsipras quiso jugar a David contra Goliat, pero su escasa fuerza se lo impidió. Zapatero quiso presentar batalla, pero careció de la valentía necesaria como para hacer frente al rodillo alemán. Pero ese partido contra los poderosos, lo deben jugar forzosamente los países grandes –España, Italia- que son los únicos que cuentan con el tamaño relativo suficiente para actuar como palanca del cambio. Si España es ‘too big to fail’, también es ‘too big’ como para no ser tenido en cuenta a la hora de aplicar políticas alternativas. Y eso nos conduce de nuevo a la figura de Iglesias y a su peculiar misión. Como Tsipras, él aúna la fortaleza y la convicción suficientes para asaltar el poder, consciente de que España no es Grecia ni mucho menos. Y, por supuesto, como no podía ser de otro modo, el fin justifica los medios. Las inevitables subidas de impuestos, los escraches de los disidentes y hasta un eventual corralito estarían justificados en aras del bien mayor que es la justicia social. La coartada es terminar con la creciente desigualdad.

Su retórica resulta, desde luego, efectista y por el momento ha conseguido llevar la discusión a su terreno. Esperemos que los eslóganes y la palabrería no impidan ver lo que está en juego. Su verdadera aspiración es imponer un régimen bolivariano, así que mejor que no nos perdamos mucho en los detalles. Y por supuesto no le hagamos el juego. La verdad es que no entiendo muy bien por qué no debemos tomarnos en serio lo que dice. Sus palabras dan miedo, sus resultados en las encuestas de intención de voto no.

Krugman y la oportunidad de comprar más

Paul_Krugman-jriturriaga-jose-ramon-iturriagaDurante la semana pasada, el siempre controvertido Paul Krugman sorprendió a propios y extraños al afirmar que había sobrevalorado la capacidad estratégica de Tsipras a la hora de lidiar con la crisis griega. El nobel americano había apostado por el Grexit como la mejor solución. Pero no fue el único. Otras muchas voces, de mayor o menor prestigio y que en ocasiones parecen luchar por ver quién obtiene mayor notoriedad, también consideraban y, sorprendentemente, siguen considerando que se trata del mejor camino. En el caso de Krugman, esta postura ha sido su ariete contra las políticas económicas europeas que lleva tantos años criticando, otra ‘boutade’ más de cara a la galería que tanto aplaude y vocea sus planteamientos. Sin embargo, lo que de verdad demuestra la posición adoptada por el profesor es un desconocimiento mayúsculo del funcionamiento de la Unión Monetaria, de las consecuencias económicas de una vuelta al dracma en Grecia y de la realidad de la política europea. En el mejor de los casos, fue un frívolo. En el peor, un irresponsable.

Por otro lado, quizá lo más grave no sea que el premio Nobel –siendo benevolentes– toque de oído, sino que el euroescepticismo que subyace tras este planteamiento es compartido por el mundo anglosajón y, por tanto, por la comunidad financiera. Sin ir más lejos, muchos de los bancos de inversión americanos de primer nivel atribuían una probabilidad mucho más alta al Grexit que lo que el sentido común recomendaba. Y, a pesar de todo, si miramos a los mercados, el desconocimiento manifiesto de lo que es Europa y su traducción en un euroescepticismo casi enfermizo -que la prensa financiera inglesa se encarga de airear-, todo este ruido supone una oportunidad más que un riesgo. La historia reciente así lo demuestra.

En España, a la vuelta de verano, es probable que las elecciones catalanas regalen jugosos editoriales y notas de cautela por parte de los bancos de inversión que o analizan las posibles consecuencias de la eventual independencia de una región para la moneda única. Creo que el mercado no se va a dejar llevar por este hueso, ya muy desgastado. De equivocarme, tendremos otra oportunidad para comprar más.

José Ramón Iturriaga
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