Bancos centrales: reconocimiento y confianza

Con los bancos centrales la polémica siempre está servida. Las críticas a sus actuaciones son constantes, unas veces porque se pasan y otras porque no llegan. Y los últimos años constituyen un muy buen ejemplo. Recuerden que hace no tanto -al comienzo de la crisis- el clamor generalizado era que los bancos centrales tenían que hacer más. Unos y otros pedían a las autoridades monetarias más y mejores medidas. En Europa, en concreto, algunos políticos –sobre todo de los países que en peor situación se encontraban– protagonizaron episodios grotescos, acusando al BCE de ser la correa de transmisión de los alemanes. No puedo olvidar a un alto responsable español al borde de un ataque de histeria amenazando con romper la baraja si el BCE no intervenía. Por fortuna, la sangre no llegó al río y se impuso la cordura.

Ahora la crítica viene más de la mano de los liberales de salón, que les acusan de estar cebando la siguiente gran burbuja. Tras varios años recomendando dejar explotar el sistema para después reconstruir desde las cenizas, han pasado a su cantinela habitual de la vuelta al patrón oro y lo malos que son los banqueros centrales.

No sé cómo terminará la película, pero lo primero que deberíamos hacer es reconocer –con humildad– que la actuación de los bancos centrales en todo el mundo ha sido impecable. Su pronta y decidida intervención ha sido, con mucha probabilidad, la razón por la que esta crisis, a la que ya miramos por el retrovisor, no haya terminado en una depresión mundial peor que la de los años treinta del pasado siglo.

Mientras tanto, toca esperar que sigan ejerciendo el poder que tienen con la responsabilidad que lo han hecho estos últimos años. No es tarea fácil y cometerán errores, pero no es momento de reproches sino de felicitaciones.

Artículo publicado en ABC.

José Ramón Iturriaga
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