La construcción y la espiral virtuosa de España

La Comisión Europea se ha subido al carro: la semana pasada incrementó las estimaciones de crecimiento para la economía española en 2017. En Bruselas esperan que España crezca otro año más cerca del 3% y lo más probable, con los datos que tenemos hoy en la mano, es que dicha cifra se supere. El ritmo de crecimiento en el segundo trimestre del año es el más alto en mucho tiempo y cada dato que conocemos es mejor que el anterior. El crecimiento llama a más crecimiento, un movimiento que se retroalimenta.

Parece que la construcción residencial no va a tardar mucho en sumarse al sector exterior, al consumo interno y a la inversión directa como uno de los pilares de esta recuperación. En cosa de pocos meses, el cambio de percepción ha sido enorme. Una vez que se han disipado las dudas de corte político -se ha descartado el riesgo de bolivarización-, la mecha ha prendido y el residencial, tras casi una década perdida, vuelve con nuevos bríos. El interés es manifiesto y aún estamos en los primeros compases de un largo camino, que debería concluir en cifras cercanas a las 400.000 viviendas al año. Y es una magnífica noticia, pues se trata de un sector muy intensivo en mano de obra, pero es todavía mejor que la construcción no haya sido el sustento de la salida de esta crisis.

Ya son cuatro los años que España lleva creciendo, y los tres últimos muy por encima del resto de países desarrollados. Nos encontramos a punto de recuperar, en términos de PIB, los niveles previos a la crisis, y todo apunta a que será más fuerte y rápido de lo que los más conspicuos optimistas pudiéramos pensar. Tras varios ejercicios calculando los daños de un posible rescate a una espiral virtuosa que algunos –cada día menos– se empeñan en no ver.

Artículo publicado en ABC.

José Ramón Iturriaga
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