Fatalismo hispánico de nuevo

Si nos atenemos a la realidad objetiva, las cosas en España están mejor, mucho mejor. Sin embargo, sorprende ver cómo en distintos estudios y encuestas las perspectivas sobre nuestro país que declaran los propios españoles no son especialmente halagüeñas. El ciudadano nacional continúa preso de un pesimismo que no es objetivo. Y no me refiero a la forma en que cada uno ve las cosas, pues son todas legítimas y para gustos los colores, faltaría más. Con todo, nos encontramos en un punto donde esta actitud, al calor de lo que reflejan los mencionados estudios, se está extendiendo al conjunto de la comunidad. Esta situación nos impide dar por cerradas las heridas y afrontar el futuro con fortaleza.

Puede resultar razonable a tenor del ruido mediático en el que estamos inmersos. Las malas noticias son más noticia y el tener la cabeza metida en la centrifugadora diaria no nos permite tener la objetividad suficiente. Tampoco ayuda que muchos de los líderes intelectuales participen de este aquelarre, sin un atisbo de ejemplaridad ni de esperanza. Hemos caído una vez más en el fatalismo hispánico, que se sustenta sobre la creencia de la excepcionalidad española. Ni somos los más corruptos, ni somos los más vagos. Ni, desde luego, una república bananera. No caigamos en la desmemoria, que es la fuente del hipercriticismo actual.

Y si bien como ciudadanos podemos dejarnos llevar por la actualidad, como inversores tenemos que prestar atención a la realidad, y ésta es muy tozuda. Lo más triste de todo es que son los inversores extranjeros los primeros que se han dado cuenta de la oportunidad. Sería una lástima que a nosotros se nos escapase.

Artículo publicado en ABC.

José Ramón Iturriaga
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