Grecia, rápido y sigiloso

El tercer acuerdo de rescate a Grecia ha llegado especialmente pronto. Las negociaciones han sido fluidas y sin el menor aspaviento. Los griegos han aceptado mansamente todos los puntos que exigían sus socios europeos. El parlamento heleno ha aprobado sin demasiado dramatismo el programa que, como no podía ser de otra modo recoge subidas de impuestos, bajadas de pensiones y una profunda reforma laboral y de la administración pública, porque en eso consiste un plan de rescate. Y por supuesto no hay ningún punto que hable de la reestructuración de la deuda pública.

Pero a pesar de la velocidad y el sigilo aún hay quien podría ver el vaso medio vacío y hacer énfasis en la manifiesta debilidad de la coalición de gobierno y los riesgos derivados de unas posibles elecciones en el corto plazo. También se podría dudar de la seriedad de los griegos a la hora de llevar a cabo el plan de reformas pero, sin ánimo de sonar cínico, opino que todo esto es ya lo de menos. No creo que, de celebrarse unos nuevos comicios, exista ningún resultado capaz de poner en riesgo el acuerdo alcanzado, considero la lección aprendida. Y respecto al compromiso por parte de los representantes griegos, carentes del apoyo popular y con muchas voces críticas en su seno, no cabe esperar una transición tranquila y sosegada. Y es que no se puede pasar de ser el macarra de la clase al alumno de primera fila que siempre trae los deberes hechos de un día para otro. Sin embargo, no importa.

Lo que pase de ahora en adelante con Grecia se va a perder en las páginas centrales de los periódicos en crónicas de agencia más o menos aseadas. La cobertura de la actualidad griega durante estas últimas semanas es el mejor ejemplo de ello.

Reformas pendientes, debates abiertos

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Los informes de coyuntura económica española que publica periódicamente el Fondo Monetario Internacional suelen tener mucho eco mediático. Resulta muy interesante el ejercicio de leerse las pocas cuartillas que lo conforman y ver cuáles son los puntos que más destacan los medios. En líneas generales, el informe ha sido consecuente con los publicados en trimestres anteriores, en general positivos con la evolución de la economía española. Y ahora España representa el mejor ejemplo de la efectividad de las mal llamadas políticas de austeridad.

Y estas semanas de agosto suponen un buen momento para repasar algunas de las recomendaciones que recoge el informe para la mejora de nuestra economía. Y entre todas las recomendaciones del FMI –en las que no figura, por cierto, ninguna receta milagrosa– me quedaría con dos: la aplicación del copago sanitario y educativo. Estas han sido dos reformas que, si subimos muchos el listón, se le han atragantado al Gobierno. Y aunque algo se ha intentado, el copago sigue siendo, junto con la reforma de las pensiones, el punto clave de la sostenibilidad del tan manido estado del bienestar.

Parece una fórmula razonable que el usuario sea partícipe del coste del servicio que recibe, incentivando con ello un uso más responsable y generoso de los recursos públicos. Y este cascabel representa uno de los grandes debates que deben acometerse más pronto que tarde y en el que resulta exigible mayor altura de miras por parte de nuestros representantes públicos en aras de una solución estructural que puedan disfrutar nuestros nietos.

China también lo sabe hacer

El banco central chino modificó, durante la semana pasada, el mecanismo que fija el tipo de cambio, y no es nada especialmente grave. No se trata de una declaración de guerra como se ha podido leer en la opinión publicada, ni mucho menos. En definitiva, las autoridades monetarias chinas ha demostrado que también saben jugar a depreciar su divisa como han hecho las principales zonas economías del mundo pero, insisto, no supone romper ninguna baraja.

Y los efectos de esta medida no se harán esperar. En líneas generales, las economías desarrolladas se van a ver beneficiadas aunque no todo son ganadores.  El incremento de las compras de bonos estadounidenses por parte del banco central chino mantendrá la presión a la baja sobre los tipos de interés. Además, el precio de sus exportaciones se reducirá –lo que se conoce como una devaluación interna– por lo que cabe esperar una menor inflación que otras grandes economías. En esta misma línea, los países consumidores también disfrutarán de menores precios de las manufacturas chinas y los bancos centrales tendrán menos presión para normalizar sus políticas monetarias. Pero como decía, no todo son ganadores. La pérdida de poder adquisitivo del gigante asiático afectará directamente a los grandes exportadores de materias primas y el resto de economías del Sudeste asiático que compiten en precio. La devaluación china gana.

Lo importante a partir de ahora será ver hasta dónde y a qué ritmo se deprecia la divisa china y si las medidas adoptadas vienen de la mano de otras decisiones en materia fiscal, otro de los desafíos que tiene el país por delante. A la vista de los datos y las actitudes, parece que las autoridades de Pekín tienen la capacidad de mantener el ritmo de crecimiento de su economía en unos niveles razonables. La suma de las tendencias demográficas y la gran cantidad de pólvora seca con la que cuentan las autoridades chinas hacen improbable una reducción significativa del ritmo de crecimiento y deberían servir para despejar dudas.

La reacción de los mercados ante este tipo de acontecimientos imprevistos suele ser siempre similar: primero golpea y luego pregunta. Las fechas estivales en las que nos encontramos, además, actúan como un amplificador. Sin embargo, una vez digerida la noticia, no parece que vayamos a revivir un verano como los de antaño. Si acaso, todo lo contrario. Con la bolsa americana situada, a pesar de todo, prácticamente en máximos, los buenos datos de actividad económica que se han publicado y, sobre todo, los magníficos resultados empresariales del segundo trimestre del año, estamos todavía a tiempo de tener un verano para recordar.

José Ramón Iturriaga
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